El Olvido
¡Hola mundo!
Hace casi un mes (¿O ha pasado más
tiempo?) disfruté de la primera publicación de un relato mío, en la revista Zarabanda. Los editores de la revista me invitaron a la presentación, donde leí -ininteligible, nerviosa y enrevesada- el cuento que hoy les muestro. Un cuento al que tengo un cariño inmenso, un cuento que costó sangre y sudor y muchas, muchas lágrimas, un cuento que aun no es bueno, un cuento al que le falta mucho traba jo, más horas de reescribir y las críticas que quisiera puedan darme. Un cuento un poco largo -tres cuartillas- pero que espero puedan darse el tiempo de leer. ¡Saludos a todos, chicos y chicas!
PD: Gracias, Francisco, por todo tu apoyo, tus horas, tus consejos, tu mano estricta, gracias por exigir lo mejor de mí. Aun no te he dedicado el cuento en tu ejemplar de la revista, pero si algo puedo decirte, es que este cuento es para tí. ¡Te amo!
El Olvido
Sólo una cosa no hay. Es el olvido
“Everness” Jorge Luis Borges
Nueva antología personal
Hasta ese día, Ricardo Alderán no se había preguntado, al menos no que él pudiera recordar, por qué parte del uniforme incluía zapatos rojos. Que él supiera, en ninguna otra escuela de la ciudad se pedía que las señoritas utilizaran calcetas negras a la rodilla y zapatos rojos. El uniforme también incluía falda grisácea plisada, blusa blanca de cuello abierto y chaqueta negra, con dos bolsillos y el escudo de la escuela en la parte superior. Ricardo nunca había reparado en la peculiaridad del color de los zapatos. No, al menos, hasta hace tres semanas, al inicio del nuevo curso escolar.
Ya había dejado en orden todos sus papeles y posesiones. Quería dejar constancia del pleno uso de sus facultades, quería saborear la culpa entera. Sabía lo que hacía y no temía reconocerlo. O pagarlo. Uno a uno, fue buscando en los libros de la estantería principal de su casa, lugar privilegiado en el que se congregaban los autores favoritos de toda una vida, de 46 años enteros: Autores de diversas nacionalidades, escritores de cuento, novela, poesía, teatro -los menos- y algunos ensayos. Ricardo era maestro de literatura y enseñaba en una escuela católica. El inicio de cursos siempre era igual. ¿Qué podía enseñar él a 23 mujercitas so
bre literatura, en una sencilla clase de Español? ¿Qué podían ellas aprender, degustar, disfrutar de los autores más importantes, más entrañables que habían pasado por esta vida? ¿Recordarían ellas algo de lo que pudiera mostrarles al pasar al siguiente curso? ¿Habría al menos una, una sola de ellas que se interesase por descubrir el mundo de la literatura y los grandes placeres que puede deparar? Asombrosamente, este año la respuesta fue un contundente “Sí”.
Pelo negro, largo hasta los hombros, Ojos pequeños de pestañas caídas, frente amplia, finos labios. Delgada y de baja estatura, el saco del uniforme le venía algo grande. El asombro de Ricardo no pudo ser mayor al leer la tarea aquella que, distraído, había dejado el lunes pasado. «Para la próxima semana- ¡apunten!- quiero que lean “El Inmortal” y me expliquen que han entendido del relato. No quiero el trabajo a computadora, lo quiero a mano». Ricardo nunca lo hubiera esperado; detrás de la mala ortografía y la terrible caligrafía, se reconoció a sí mismo. Rememoró viejos temores, antiguos sueños malogrados y contempló sus actuales frustraciones. El sueño de su más febril adolescencia se presentó ante el, desfigurado y malogrado: ¿Dónde habían quedado sus ideales, dónde había ido a parar la pasión y las letras arrancadas con sangre? Ricardo no había reparado en dejar como tarea aquel libro que le había sido tan preciado, ese que le había enseñado a amar y temer las letras, No había dudado al encargar a sus alumnas las mismas páginas que ahora le avergonzaban, pues ni siquiera recordaba ya los sueños vencidos, o, al menos, no quería recordarlos y ahora se encontraba con ellos, olvidados y rencorosos. Después de la sorpresa, vino el dolor. Después del dolor, vino el placer.
No podía dejar de observarla. Estudiaba sus banales conversaciones con las compañeras de clase, acechaba sus recreos y sus risas, examinaba su manera de comer y de levantarse cuando le pedía escribir en el pizarrón. Y es que las veces en que se lo pedía iban en aumento; la necesidad de ver su perfil atento, de observar sus pantorrillas delgadas y los pequeños zapatitos rojos, el placer que le concedía enmendar su
mala ortografía y calificar sus cuadernos con un lápiz rojo, siempre rojo. Ricardo se dedicaba cada noche a corregir la tarea que ella, Ella, le había entregado: se entretenía encerrando en un círculo rojo cada palabra mal escrita, subrayando y dibujando comas y puntos -rojos- donde no los había; Al final, la hoja blanca y letra redonda quedaba mancillada por grandes manchas rojas que le hacían pensar en ella una vez más. Y mientras tanto, él buscaba en sus letras ese reflejo con el que había tropezado en aquel trabajo escolar, anhelaba encontrarse de nuevo a sí mismo, exigía atisbar al niño que había sido y al que había decepcionado. Debía encontrarlo, reclamaba verlo una vez más y así poder deshacerse de su torpe ingenuidad, destrozar su inocente estupidez y aniquilar, por fin, ese fatuo y necio sueño de ser escritor. Y para eso, la necesitaba a Ella.
Buscando entre estanterías, Ricardo logró hallar el libro. Al menos ya hacían diez años de no leerlo, al menos cinco de censurarlo en la intimidad de la memoria, de no pensarlo. El libro que fuera su favorito tantas tardes juveniles, el libro que le había llevado a la ambición frustrada y frustrante de ser escritor. Ricardo lo guardó en su maletín y salió de casa, Al finalizar la clase, le pediría que lo acompañara a la sala de música, vacía por remodelaciones. Tendría, al menos una hora asegurada. Le ordenaría que leyera en voz alta “Everness” -su poema favorito- una y otra vez hasta que lograra hacerlo a la perfección, con las modulaciones y el tono correctos. Después, la despojaría poco a poco de aquel lóbrego uniforme de colegio católico. Solo dejaría las calcetas y los zapatitos rojos. Prometería ponerle un diez en la boleta escolar, si fuera necesario acallarla. Diez. Un diez redondo y rojo.
Decidido, Ricardo Alderán se encaminó a la escuela primaria San José Agustín. Y lo que tuviera que pasar, pasaría.
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¡Felicitancias! Después paso y lo leo.
Besos.
¡Gracias, Mostroso mostro! Lo esperamos con mucho cariño!!
De partícular a general.
Comenzó en un tanto de interés. Luego el tema del escritor frustrado me trajo temas tocados tantas veces. Pero el sentido que le diste fue cambiando mi interés. Frases tremendas, en alguna frase del cuento, de esas que te presionan a que sigas leyendo.
El final, simplemente sensacional. Me gustó.
Saludos.
¡Hola Samith!
El tema del escritor frustrado, como a muchos otros, tiene una fuerte carga para mí, y de vez en cuando me es imposible no tocarlo. En este caso, poder hablar por la boca de un personaje que se convierte en un monstruo, me es más… concebible si entiendo su frustración y rabia.
¡¡Muchas gracias por tus palabras!!, son de gran aliento. ¡Saludos!
me gusto, no se mucho de esto…pero… al leerlo pude “meterme” en la historia, me gusto y me dejo pensando…. bastante (lo que es bueno para mi ^^ )
Saludos desde Colombia! ;D
¡Hola Mayra!
Gracias por comentar, me es de gran importancia e interés conocer lo que un lector puede sentir al leer el cuento. ¡¡Saludos y abrazos desde México!!
No le cambies ni una coma.
El final es excitante, qué voy a decir…que espero al siguiente.
Ciao enfant terrible.
¡Hola Jorge!
En realidad, pienso que hay que arreglarle más de una coma, pero tu comentario me alegra mucho. ¡Saludos!
El final fue un buen giro.
A mí no me fue tan bien: mandé un cuento para el cuarto número de la Sogemita, pero no fue seleccionado, snif.
Supongo que es cosa de intentarle. Para el nuevo número (nicotina) Ya no alcancé a escribir nada, pero igual y lo mando para el próximo número. ¿Le entras?
Creo que hay dos partes del relato. El final es bueno, y creo que la descripción de la psicologia del profesor y la cronologia está un tanto enrevesada. pero veo que eres muy joven y la vida se encargará de darte experiencia.
Creo que sí perserveras, serás una buena escritora. Talento tienes.
Animo.
?Hola Laure! Muchas gracias por tu comentario. Aun no tengo la pericia para dar un orden mucho más fluido al relato, pero estoy trabajando arduamente en ello. ¡Gracias!
Tienes un estilo fluido y sin demasiados rodeos innecesarios. Si retuerces un poco más la prosa (Amy Hempel, por ejemplo, consigue su libro de cuentos), esto sería aún mejor de lo que ya es.
Sigue en ello, esto pinta bien.
¡Hola Jordim! Gusto en saludarte. Amy Hempel agregada a la lista de libros pendientes. ¡Muchas gracias!
Sale.
Las mujeres estaran siempre estaran condenadas a ser compañeras del color rojo.
¡Hola Draco!
Tienes razón, y creeme que la menarca es una forma desgarradora de dejar la infancia atrás….
¡Saludos!