Una despedida

20nov10

Hola mundo:

Ciclos llegan y ciclos se cierran, y el ciclo de “Arsénico Lolita” ha terminado. Es difícil despedirme del lugar que me ha acompañado ya por varios años, trayéndome sonrisas y buenos amigos, siendo testigo de derrotas y llantos. Así pues, este post es para decir “Adiós” y dar las gracias por tantos momentos y lecturas.

Aun así, otro ciclo se abre, y ya he empezado con un nuevo lugar, dedicado a la literatura sobre todo, pero también a los comics, la música y el cine. si ustedes gustan acompañarme.. ¡Adelante!

Dirección de blog actualizada

Animal Literario

¡Nos vemos pronto…

M.


Este artículo puedes encontrarlo en el “Animal Literario”

 

Los sueños de la bella durmiente


El Olvido

18abr10

¡Hola mundo!

Hace casi un mes (¿O ha pasado más tiempo?) disfruté de la primera publicación de un relato mío, en la revista Zarabanda. Los  editores de la revista me invitaron a la presentación, donde leí -ininteligible, nerviosa y  enrevesada- el cuento que hoy les muestro.  Un cuento al que tengo un cariño inmenso, un cuento que costó sangre y sudor y muchas, muchas lágrimas, un cuento que aun no es bueno, un cuento al que le falta mucho traba jo, más horas de reescribir y las críticas que quisiera puedan darme. Un cuento un poco largo -tres cuartillas- pero que espero puedan darse el tiempo de leer. ¡Saludos a todos, chicos y chicas!

PD: Gracias, Francisco, por todo tu apoyo, tus horas, tus consejos, tu mano estricta, gracias por exigir lo mejor de mí. Aun no te he dedicado el cuento en tu ejemplar de la revista, pero si algo puedo decirte, es que este cuento es para tí. ¡Te amo!


El Olvido

Sólo una cosa no hay. Es el olvido

Everness” Jorge Luis Borges

Nueva antología personal

Hasta ese día, Ricardo Alderán no se había preguntado, al menos no que él pudiera recordar, por qué parte del uniforme incluía zapatos rojos. Que él supiera, en ninguna otra escuela de la ciudad se pedía que las señoritas utilizaran calcetas negras a la rodilla y zapatos rojos. El uniforme también incluía falda grisácea plisada, blusa blanca de cuello abierto y chaqueta negra, con dos bolsillos y el escudo de la escuela en la parte superior. Ricardo nunca había reparado en la peculiaridad del color de los zapatos. No, al menos, hasta hace tres semanas, al inicio del nuevo curso escolar.

Ya había dejado en orden todos sus papeles y posesiones. Quería dejar constancia del pleno uso de sus facultades, quería saborear la culpa entera. Sabía lo que hacía y no temía reconocerlo. O pagarlo. Uno a uno, fue buscando en los libros de la estantería principal de su casa, lugar privilegiado en el que se congregaban los autores favoritos de toda una vida, de 46 años enteros: Autores de diversas nacionalidades, escritores de cuento, novela, poesía, teatro -los menos- y algunos ensayos. Ricardo era maestro de literatura y enseñaba en una escuela católica. El inicio de cursos siempre era igual. ¿Qué podía enseñar él a 23 mujercitas sobre literatura, en una sencilla clase de Español? ¿Qué podían ellas aprender, degustar, disfrutar de los autores más importantes, más entrañables que habían pasado por esta vida? ¿Recordarían ellas algo de lo que pudiera mostrarles al pasar al siguiente curso? ¿Habría al menos una, una sola de ellas que se interesase por descubrir el mundo de la literatura y los grandes placeres que puede deparar? Asombrosamente, este año la respuesta fue un contundente “Sí”.

Pelo negro, largo hasta los hombros, Ojos pequeños de pestañas caídas, frente amplia, finos labios. Delgada y de baja estatura, el saco del uniforme le venía algo grande. El asombro de Ricardo no pudo ser mayor al leer la tarea aquella que, distraído, había dejado el lunes pasado. «Para la próxima semana- ¡apunten!- quiero que lean “El Inmortal” y me expliquen que han entendido del relato. No quiero el trabajo a computadora, lo quiero a mano». Ricardo nunca lo hubiera esperado; detrás de la mala ortografía y la terrible caligrafía, se reconoció a sí mismo. Rememoró viejos temores, antiguos sueños malogrados y contempló sus actuales frustraciones. El sueño de su más febril adolescencia se presentó ante el, desfigurado y malogrado: ¿Dónde habían quedado sus ideales, dónde había ido a parar la pasión y las letras arrancadas con sangre? Ricardo no había reparado en dejar como tarea aquel libro que le había sido tan preciado, ese que le había enseñado a amar y temer las letras, No había dudado al encargar a sus alumnas las mismas páginas que ahora le avergonzaban, pues ni siquiera recordaba ya los sueños vencidos, o, al menos, no quería recordarlos y ahora se encontraba con ellos, olvidados y rencorosos. Después de la sorpresa, vino el dolor. Después del dolor, vino el placer.

No podía dejar de observarla. Estudiaba sus banales conversaciones con las compañeras de clase, acechaba sus recreos y sus risas, examinaba su manera de comer y de levantarse cuando le pedía escribir en el pizarrón. Y es que las veces en que se lo pedía iban en aumento; la necesidad de ver su perfil atento, de observar sus pantorrillas delgadas y los pequeños zapatitos rojos, el placer que le concedía enmendar su mala ortografía y calificar sus cuadernos con un lápiz rojo, siempre rojo. Ricardo se dedicaba cada noche a corregir la tarea que ella, Ella, le había entregado: se entretenía encerrando en un círculo rojo cada palabra mal escrita, subrayando y dibujando comas y puntos -rojos- donde no los había; Al final, la hoja blanca y letra redonda quedaba mancillada por grandes manchas rojas que le hacían pensar en ella una vez más. Y mientras tanto, él buscaba en sus letras ese reflejo con el que había tropezado en aquel trabajo escolar, anhelaba encontrarse de nuevo a sí mismo, exigía atisbar al niño que había sido y al que había decepcionado. Debía encontrarlo, reclamaba verlo una vez más y así poder deshacerse de su torpe ingenuidad, destrozar su inocente estupidez y aniquilar, por fin, ese fatuo y necio sueño de ser escritor. Y para eso, la necesitaba a Ella.

Buscando entre estanterías, Ricardo logró hallar el libro. Al menos ya hacían diez años de no leerlo, al menos cinco de censurarlo en la intimidad de la memoria, de no pensarlo. El libro que fuera su favorito tantas tardes juveniles, el libro que le había llevado a la ambición frustrada y frustrante de ser escritor. Ricardo lo guardó en su maletín y salió de casa, Al finalizar la clase, le pediría que lo acompañara a la sala de música, vacía por remodelaciones. Tendría, al menos una hora asegurada. Le ordenaría que leyera en voz alta “Everness” -su poema favorito- una y otra vez hasta que lograra hacerlo a la perfección, con las modulaciones y el tono correctos. Después, la despojaría poco a poco de aquel lóbrego uniforme de colegio católico. Solo dejaría las calcetas y los zapatitos rojos. Prometería ponerle un diez en la boleta escolar, si fuera necesario acallarla. Diez. Un diez redondo y rojo.

Decidido, Ricardo Alderán se encaminó a la escuela primaria San José Agustín. Y lo que tuviera que pasar, pasaría.


“Hola mi vida” te escriben mis dedos. La cabeza me duele y los ojos se me cierran, para distraerme veo películas de Ghibli, recordando lo mucho que te pareces a Totoro y tomo abundantes líquidos, tal y como me lo recomendaste tú. ¿sabes? La palabras siempre me llevan a ti. Los recuerdos, las canciones, los olores, los sabores y las memorias, las imágenes y mis anécdotas, siempre me llevan a ti….

¡Francisco! Hoy cumplimos un año. Un año lleno de ternura y juegos, risas y algunas peleas, un año de aprender, de crecer y caminar junto a ti, un año de tropiezos, un año de sueños, Un año de perderme en tu piel y aprender de memoria tus lunares para cantarlos bajito mientras me doy una ducha… un año de resguardarme en tu pecho y aprender a pelear por lo que quiero, un año de pláticas y comics, y llanto y miedos y cuentos y canciones y libros… Un año de caricias súbitas y planes para conquistar el mundo, un año de fotografías y comida japonesa, de juguetes, secretos y bufandas, de paseos tomados de la mano y caricias suaves en la espalda… Un año lleno de amor

Hoy no puedo escribir nada bonito, pero escribir es todo lo que se, es todo lo que soy, es lo mejor que puedo darte por que viene de lo más profundo, de lo más sagrado en mí: ese algo sagrado que solo tú llegaste a tocar y a conocer en mí. Quisiera regalarte algo certero y audaz, algo sensible, algo de lo que estuvieras orgulloso al leer, pero la fiebre no me deja, y probablemente, sana tampoco podría escribir todo lo que pasa por mi cabeza -nublada de ti-, por mi alma -si es que aun no la he vendido- y por mi corazón, -al que le mando saludos y panquecitos, de vez en cuando, pues tú ya lo tienes muy dentro del pecho-. Aun así, las pocas o muchas letras que sangran por mis dedos son para ti, por que te lo has ganado, por qué todo es para tí, por que yo, entera, soy solo para ti, por que cada letra es para agradecerte este maravilloso año en el que has estado ahí, para mí, haciéndome más feliz de lo que he sido en toda mi vida…. Y no solo feliz. Me has hecho fuerte, me has hecho crecer sin dejar de soñar, me sostienes cuando ya no puedo caminar más, eres mi mayor motivo, mi alegría, mi anhelo y mi felicidad… Eres mi vida entera, y la palabra “vida” solo tiene noción y sentido si tú estas en ella, ahí, para mí.

Amor, eres todo lo que podría desear Eres tú, con todo lo que eso significa, es  tu calor, tu aroma, tus letras y tus juegos son lo que pintan de colores mi vida entera, lo que me hace agradecer estar con vida día a día, En ti escucho el mismo lenguaje que yo hablo y que nunca nadie quiso escuchar, en ti encuentro el calor de mi hogar, en ti encuentro la mejor razón para escarbar y escribir con el alma en la boca, por ti quiero arriesgarlo todo y entro a jugar a un mundo que siempre me había aterrado…

Nunca entendí el significado de la frase “El amor de mi vida”. Francisco: Eso es lo que significa

Amor, quiero ser la mujer que te mereces. Quiero pelear con almohadas, ver películas en las mañanas del fin de semana, preparar la cena, tener dolores de cabeza mientras escribo y tu llegas. Amor, quiero cuentas por pagar y noches de insomnio, quiero cubetas de pintura, quiero plazos para entregar… Amor, quiero discusiones que terminan en caricias, quiero cumpleaños y navidades, quiero cuadernos de notas y tu mal humor combinado con mi poca paciencia, quiero abrazos de todos los sabores, quiero arroz quemado en el fondo de una olla, quiero hacerte el amor antes de que despunte la mañana y despertarte con mal aliento y un beso, en cada uno de mis días… Amor, quiero una vida junto a ti.

Amor, tengo frío, mucho frío y mi temperatura va aumentando de poquito a poquito a poquito. Amor, puede que hoy no te vea, puede que mañana tampoco, pero tienes que saber que con cada beso te robo un pedacito de ti…. Aun cuando no estés conmigo, tú estás aquí. Así que abrazame y vamos a dormir… Extrañaba tu calor.

¡Te amo Francisco! ¡Feliz Aniversario!


¡Buenas tardes, damas y caballeros! Después de la clase de cuento de ayer, les presento el texto que leí en clase, un cuentito breve  en el que he estado ocupada, y al cual le he cogido mucho cariño. Este que ven aquí es el primer borrador, pues aun lo estoy trabajando, las críticas serán del todo agradecidas.¡Nos leemos pronto!

M.


Perdóname padre, que he pecado

Rojo. Rojo era el primer instante en el que María se sabía ya no una niña, roja era la sangre que brotaba de su parte más íntima, más sucia, más obscena, aquella que no había que nombrar y mucho menos, tocar. Esa misma tarde su madre había hablado con ella durante largas horas y le había explicado lo terrible, lo desgraciado que era ser mujer. “Estas manchada, María, eres sucia y eres pecadora. Ahora debes buscar el perdón de Dios”; También le había regalado un rosario, una cruz sencilla y cuentas de madera, el mismo crucifijo que María llevaba consigo, apretado en la mano, mientras caminaba hacia la iglesia. Era la segunda vez esta semana, y es que ella era, tal y como había dicho su madre, una pecadora.

Primero, tenía que confesar lo del almuerzo de Luisito. María lo había robado de su mochila y luego se lo había zampado frente a “Manchas” el perrito callejero y hambriento que siempre rondaba por la escuela. No le dio ni un pedazo, ni un pedacito, y después mintió a la maestra cuando aquella preguntó quién había tomado la torta; A María le había latido rápido el corazón dándose cuenta de que había pecado tres veces en un solo día. Era mala, era vil. Era pecadora.

Y luego, estaba Luisito. Él no se había imaginado, por supuesto, que María se hubiera robado su desayuno. Mientras hablaban, cogidos de la mano detrás de las jardineras, él había llorado un poco. María sabía que las lágrimas eran a causa suya y su corazón quería salirse de su pecho: Tal vez hoy el padre se enojaría verdaderamente con ella. Tal vez le ordenaría un castigo verdadero, como aquellos martirios de los santos, tal vez serían más de cuatro Padre Nuestros y entonces María podría encerrarse en su cuarto y, de rodillas con el rosario entre los dedos, rezar, rezar con fuerza, Entonces, sentiría las cosquillas en las manos y entre las piernas, sentiría ese calorcito agradable en el pecho y ese curioso mareo en la cabeza. Y rezaría, rezaría muy fuerte, pidiendo perdón a Dios, y, si el padre no le dejaba suficientes oraciones para rezar, entonces permitiría que, mañana, Luisito se manchara los dedos en esa parte sucia, roja y obscena de la que no hay que hablar. Y entonces, quizá esta vez Dios no la perdonaría.


Francisco:

Hoy quiero escribir. No, no, no estoy comenzando bien. No solo quiero escribir… no se trata solo de mi ritual sagrado y consagrado de las noches, donde hago sangrar, aunque sea a la fuerza las yemas de mis dedos en el intento, inocente y persistente de crearme un oficio, una disciplina. No. Esta noche necesito escribir, las letras salen solas y con fuerza y se apilan en pequeños montones….

Siempre fui una niña mala. Mala por que era diferente, mala por que era solitaria, mala por que nunca encontraba mi lugar. Siempre fui la chica rara, la loca de la casa, la aislada, la huraña. No tuve con quién compartir mis anhelos, mis sueños, mis más secretos temores: las lágrimas siempre se saboreaban solas. ¿Sabes? Pasé noches, largas y muchas, pensando que si algo andaba mal, era en mi, que yo hablaba otro lenguaje, que me era más fácil esconder la cara y huir, correr siempre contra la corriente, correr hacia donde el viento me llevara, correr como una piedra rodante, sin dejar crecer el musgo, sin un hogar ni un destino, sin tener ningún por qué.

Y luego llegaste tú.

Te reconocí en un instante. Un buen amigo decía que los maníacos, los locos caprichosos, despedimos un peculiar aroma que nos hace encontrarnos, diferenciarnos. Yo no te conocí: te reconocí. Fue algo en tu mirada que me dijo: Este es mi hombre, fue algo en el tono de tu voz, en el juego torpe de tus movimientos, en las medias sonrisas, en las miradas veladas que me atrajo hacia ti. Me rompiste el corazón y yo te lo rompí a ti. No voy a hablar de influjos ni destinos: Volví por que así lo quise, volví por que te amaba. Por que extrañaba encontrar en tus besos a ese hombre que en el abrazo me decía que me entendía, que no era extraña, que conjuraba sueños en los que no podía estar otra persona si no tú. ¿Qué veo en ti? Me preguntas una y otra vez. Veo a un cómplice, a mi mejor compañero, mi más entrañable amigo. Veo una brújula, un faro de luz que me recuerda en las tempestades hacia donde va el camino, en donde esta mi hogar. Veo a un loco que habla mi mismo lenguaje, entiende mis señas y sabe ese idioma secreto que solo entre los dos podemos hablar. Veo a un hombre verdadero, determinado a darlo todo por quienes ama, que no teme hacer sacrificios pero que está dispuesto a luchar por sus sueños, que no se atrevería a dejarlos olvidados en un cajón, capaz de luchar hasta el final. Veo una sed de conocimiento, la curiosidad despierta del niño y la certeza adquirida del viejo. Veo -y admiro- la fiera disciplina del oficio de la vocación, veo al escritor, sin trucos, sin magias. Veo -siento- un aroma animal de amante que despierta mi cuerpo y mis sentidos y me hace erizar la piel. Veo -Entiendo, disfruto, comparto- la mente ágil y la fantasía y sueños que habitan y los intrincados corredores y pasadizos de una mente que me fascina, que me seduce. Veo -leo- las letras que me hipnotizan, que me emocionan, los cuentos que quiero escuchar cada noche antes de dormir. Veo, en pocas palabras, los ojos que quiero sean lo primero que mire al amanecer y lo último cuando anochezca, veo la figura del hombre a quien quiero pasar toda mi vida haciéndole el amor, con el cuerpo, con palabras, con historias, con caricias, con la piel y con la mente. Veo al padre de mis hijos. Veo mi pretérito, mi presente y mi futuro en ti

No mentiré: Muchos hombres pasaron por mi vida. Dije “Te amo” más veces de las que quisiera contar ¿Qué es diferente ahora? Me preguntas tú. Y la respuesta más sincera que puedo darte, es que Yo elegí quedarme a tu lado por que tú, solo tú penetraste en la coraza, ante ti me expuse desnuda y sin pretensiones, descubriste lo más hondo, lo más negro y aun así decidiste amarme. Conociste a la niña recelosa y herida, conociste a la mujer desconfiada, agresiva y mentirosa- todavía, todavía me cuesta mucho desprenderme de tantas heridas-. Y al amarme, al perdonarme, las liberas, liberas mis miedos, me haces aparecer. Por primera vez en la vida, tengo un lugar verdadero, por primera vez tu me entiendes cuando hablo, cuando callo, cuando grito y cuando lucho. ¿Y tú? Tú llegaste a mi despojado de mentiras, sincero siempre, con la frente en alto. Dispuesto a protegerme, a luchar por mi, por ti, por nosotros. Y eso es algo que nunca podre pagarte

Así que, Francisco, esta es una pequeña carta de amor que decidí colgar aquí para que la mires cada vez que te de por abrir viejas heridas, que no son pocas las veces. No es una carta buena, no elegí las mejores palabras, no se nada de estilo y menos de gramática. Lo que puedo ofrecerte, es que es una carta sincera. Aquí, en cada letra, estoy yo. Y yo, soy tuya. Enteramente tuya, por que así lo he decidido.

Ahora, amor, a seguir caminando juntos. Paso a paso. Yo estaré tomando tu mano. Y cuando sea el momento… juntos ¡A volar!



No se cuándo me golpeó. No se cómo, no se por qué. Una palabra, una frase y la realidad entera se vino abajo, trastornada, mutilada. La infancia es algo terrible. No se me ocurre una mejor manera de describir “Les enfants terribles” de Jean Cocteau.

Inquietante imágen de Jean Cocteau, autor de "Les Enfants terribles"

Hay ciertos libros que deben esperar. Hay libros que llegan a su debido tiempo, en su más certera forma. En mi caso estuvo Rayuela, que leí fatigante y ávida a los 17, dándome el espacio de un año para leerla con toda calma, con toda delicia, en mis rincones favoritos. También esta El Aleph de Borges, que descubrí más pequeña, a eso de los 12, en mis lecturas febriles, sin sosiego, bajo las sábanas de mi cama, con una pequeña linterna verde con el dibujo de una rana. O Los Detectives Salvajes, que leí en este pasado verano, en el que probablemente sería mi último verano familiar, construyéndome y destruyéndome bajo las lágrimas, página tras página sin poder parar. También, en la lista, esta el Ulises de James Joyce y La montaña Mágica de Mann, libros cuyo tiempo aun no me ha llegado. No, todavía no.

Y también estaba “Les enfants terribles”, pequeño volumen de tapas moradas, pocas páginas, traducción regular. Paseaba mis dedos entre los libros, escogiendo aquel que era el turno de leer, y dudaba si acercarme a él o no. ¿Sera tiempo ya? ¿Lo arruinaré si me apresuro? ¿Un día menos, un día más? Y fue así que ayer, a media madrugada, terminé con él. Y el terremoto comenzó.

La historia, si quiero ser breve -y quiero serlo, para que ustedes la disfruten por si mismos- trata de dos hermanos y una habitación que encierra el universo, o el universo que se encierra en una habitación. Trata de dos invitados a ese culto mágico, a ese ritual pagano, a ese amor desenfrenado, trata de los hados benevolentes que protegen a estos seres puros y brutales, trata de los convidados a presenciar y ser partícipes involuntarios de esta comedia, de esta tragedia humana, trata sobre como el destino no los puede alcanzar, ni siquiera tocar: ellos son los que lo asechan, son quienes lo cazan.

No se que frases utilizar para referirme a uno de los libros que más me han impactado en mi vida. Yo también he jugado el juego, he de decir, y quienes se aventuren en su lectura me entenderán. Yo también he jugado a escaparme de lo material, he jugado a llegar más allá, he tocado con la punta de los dedos ese lugar del que, una vez entrado, ya no puedes regresar. Yo también he querido postergar la infancia, dura y áspera, yo también he nadado en esa crueldad egoísta e infantil, yo también he estado dispuesta a no regresar. Y es que, a mi propio criterio, es de eso de lo que trata la obra de Cocteau: Llegar al punto de no retorno, del amar violento y voraz, de ahorcar largo y placentero, con las propias manos, toda posibilidad de un futuro, de un crecer. De una madurez.

Brevemente, esto es lo que puedo decir de Les enfants terribles. Al terminarlo,  la risa, el llanto, un grito era el único lenguaje inteligible para contar lo vivido. Es una experiencia salvaje, magnífica. Ojalá lo sea tanto para ustedes como es para mi. Ojalá que les destroza el alma, que los haga ahogarse en dudas y terrores, Ojalá que les parta el corazón. Después de todo: ¿No son esas las mejores historias, los más queridos personajes? Ustedes dirán.




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